Daniel Pennac - La felicidad de los ogros


“La voz femenina cae del altavoz, ligera y prometedora como un velo de novia.
— Señor Malaussène, acuda a la oficina de Reclamaciones.
Una voz de morena, por completo como si las fotografías de Hamilton se pusieran a hablar. Sin embargo, percibo una ligera sonrisa tras la niebla de Miss Hamilton. Esa sonrisa noes precisamente tierna. Bueno, allá voy. Tal vez llegue la semana que viene. Estamos a 24 de diciembre, son la scuatro y cuarto, y el Almacén está de bote en bote. Una prieta muchedumbre de clientes abrumados por los regalos obstruye los pasillos. Un glaciar que va fluyendo imperceptiblemente, con sombrío nerviosismo. Sonrisas crispadas, sudor reluciente, sordas injurias, miradas coléricas, aullidos aterrorizados de niños aspirados por papás Noel hidrófilos.
—No tengas miedo, querido, ¡es Papá Noel!
Flashes.
Hablando de Papá Noel, yo veo uno, gigantesco y translúcido, que yergue por encima del inmóvil tropel su formidable silueta de antropófago. Tiene una boca del color de las cerezas. Tiene uan baraba blanca. Tiene una hermosa sonrisa. Las piernas de unos niños salen por las comisuras de sus labios. Es el último dibujo del Pequeño. ayer, en la escuela. La maestra, malcarada: “¿Le parece a usted normal que un niño de esa edad dibuje semejante Papá Noel?”

Michele Mari – Todo el hierro de la Torre Eiffel

“Combray no se llama Combray, sino Illiers. Hoy, sin embargo, en los carteles de carreteras y las guías aparece como Illiers-Combray. Allí hay un museo dedicado a Marcel Proust: ocho salas de primeras ediciones, fotografías, tinteros, frascos de pastillas para el asma, batines, pañuelos bordados, bastones…abundandte material deslucido por su colocación, que, repartido de la segunda a la última sala, sucede al único objeto presente en la primera, en una vitrina de plexiglás de 35 x 20 x 25 cm: la magdalena.
En los primeros años del museo, la magdalena era de auténtico bizcocho. De ella se ocupaba el vigilante, que todo los lunes por la mañana abría la vitrina, retiraba el bollo y lo sustituía por uno fresco. Qué hacía después el vigilante con la magdalena vieja, no ha llegado a saberse. Es probable que se la comiera, sin que esto dispensara a sus grasientos lóbulos cerebrales iluminaciones mnemónicas. La sustitución semanal de la magdalena se debía a su imposibilidad de endurecerse; es más, al ser porosa y mantecosa, la inestable masa tendía a deshacerse desprendiendo, una docena de días después, un polvillo de caspa rancia al que se añadían trozos más evidentes si alguien chocaba con la vitrina. El director del museo había pedido al pastelero que pusiera más mantequilla en la masa, pero el resultado no había sido bueno: el exceso de manteca, absorbido por el calor de los focos interiores, extendía muy pronto por la superficie esponjosa de la magdalena unas flores parduscas que le daban un incongruente aspecto aleopardado, cuando no evocaban el sufrimiento de la hoja d evid enmohecida por el mildiu. Por no hablar de las palomillas y los gusanos que, pese al total hermetismo, nacían espontáneamente en el bollo reseco, para después salir y emprender la arriesgada exploración de su mundo-tabernáculo, como mofándose, vástagos de la putrefacción, de las demostraciones positivas de Spallanzani y Pasteur.
Así pues, el vigilante la sustituía y la siguió sustituyendo hasta el día en que se jubiló. Ese mismo día, el director tuvo que enfrentarse a un problema sindical. El nuevo vigilante le señaló que sus obligaciones no incluían esa tarea especial y que , si realmente debía cumplirla, se le pagara aparte. El director, hombre meticuloso, no quiso claudicar, pro lo que, después de dejar envejecer la última magdalena muy por encima de los límites aceptables, dispuso la solución que rige todavía. Y así fue como el museo encargó a un taller de juguetes de Ruán una magdalena de plástico: una imitación perfecta, de no ser por la juntura entre las dos valvas de la concha-bollo, conforme a la infalible ley del PVC.
Tú ves este objeto y te echas a reír, pero realmente lloras y piensas: si la literatura origina esto, esto es la literatura. Y es la venganza del mundo, porque la literautra que no se defiende del mundo ¿qué es, sino mundo? Y el mundo es aquí polímero fundido, pero fundido en forma de literatura, así, de querer salir, sabemos que no se puede, ni siquiera de vez en cuando.
…y sin embargo, tiene virtud literaria el objeto, porque mirándolo recuerdo, sí, recuerdo una vida que no es la mía; veo la cara dramática de un hombre que camina por los pasajes de París; un hombre que se llama Walter Benjamin.”

Ramón Andrés – No sufrir compañía


“Hay un silencio que procede del desacuerdo con el mundo, y otro silencio que es el mundo mismo. Tomados en su significado más hondo, ambos constituyen una forma de audición, un fijar el oído a la consciencia para discernir qué nos escinde de cuanto nos rodea, qué nos separa de lo que somos. Este frágil sentido de la unidad, paradójicamente, es el que conforma al individuo, in-dividuus, “indivisible”, temeroso ante el hecho de convertirse en cómplice de su propia disolución: el silencio, la no presencia de lenguaje, deja la identidad en vilo. Sin embargo, estar callado, y que las cosas callen, facilita escuchar lo que entendemos por origen, principio, momento anterior al primer giro de la Tierra que nos implicó en el devenir.
Podría pensarse que el silentium es la lógica de la nada, su correspondiente, pero resulta, bien al contrario, un atento “escuchar” en todas las direcciones, advertir, lo más desnudamente posible, la voz en la que se ha vaciado cuanto existe. No puede concebirse como una oposición de la palabra ni como una pausa o interrupción del habla, ni tan siquiera como el reverso del ruido ni tomarse como un concepto sinónimo de estaticidad. Es, antes que otra cosa, un estado mental, un mirador que permite captar toda la amplitud de nuestro límite y, sin embargo, no padecerlo como línea última. Estar sosegado en lo limitado es tarea del silencio.”

Pola Oloixarac – Las teorías salvajes


“En los ritos de pasaje practicados por las comunidades Orokaiva, en Nueva Guinea, los niños que van a ser iniciados, varones y niñas, son primero amenazados por adultos que se agazapan tras los arbustos. Los intrusos, que se supone son espíritus, persiguen a los niños gritando: “Eres mío, mío, mío”, empujándolos a una plataforma como la que se usa para matar cerdos. Los niños aterrorizados son cubiertos con una capucha que los deja ciegos; son llevados a una cabaña aislada en el bosque, donde se convierten en testigos de secretas ordalías y tormentos que cifran la historia de la tribu. No es infrecuente, narran los antropólogos, que algunos de los niños mueran en el curso de estas ceremonias. Finalmente los sobrevivientes regresan a la aldea, vestidos con máscaras y plumas como los espíritus que los amenazaron al principio, y participan de la caza de cerdos. Regresan ya no como presas sino como predadores, gritando la misma fórmula que habían escuchado de labios enemigos: “Eres mío, mío, mío”.

A.H. HOMES – Música para corazones incendiados

“Es más de medianoche de uno de esos viernes en que los invitados ya se han ido a sus casas y el anfitrión y la anfitriona, borrachos, tratan de restablecer el orden.

    Demasiada grasa— dice Paul, trayendo platos desde el comedor—. Las patatas nadaban en mantequilla, la ensalada estaba empapada en aliño.

Elaine, ante el fregadero, en delantal, con guantes de goma, procura protegerse. Todavía no se ha dado cuenta, pero a pesar de sus esfuerzos profilácticos tiene la ropa manchada. Más tarde se preguntará si se podrá quitar la mancha, si se podrá limpiar el vestido. Lamentará haberlo comprado, haber preparado la cena y el inmenso trabajo de dejarlo todo otra vez como estaba.

Paul entra en el comedor y esta vez vuelve con las copas de vino y la botella encajada debajo del brazo.
Elaine tira sobras de platos al cubo de la basura.
Paul deja las copas, se lleva la botella a los labios y la termina, removiendo en la boca el último sorbo hasta que, inclinado por encima del hombro de Elaine, escupe el líquido en el fregadero y la salpica.
    Ten cuidado— dice ella.
Ternilla —dice él—. Lo haces adrede. Envenenarme. He notado la grasa…yendo derecha a la arteria.
Esta vez ella tampoco dice nada.
    Debería comer legumbres.
    No puedo cocinar legumbres para ocho.”

Vladimir Nabokov – La defensa


“Lo que más le impresionó fue que el hecho de que a partir del próximo lunes él también sería Luzhin. Su padre, el auténtico Luzhin, el viejo Luzhin, el escritor, dejó el cuarto de los niños con una sonrisa, frotándose las manos (untadas ya para la noche con su habitación. Su mujer, que yacía en la cama, se incorporó a medias y dijo:
—Bueno, ¿cómo lo tomó?
Mientras él se despojaba de su bata gris le respondió:
—Lo hemos logrado. Lo tomó con calma. ¡Uff! Me he quitado un buen peso de encima.
— ¡Qué bien…!— dijo su esposa, cubriéndose lentamente con la manta de seda—. ¡Gracias a Dios!

Y en verdad era un alivio. Durante todo el verano…un fugaz verano en el campo compuesto sobre todo de tres olores fundamentales: lilas, heno recién segado y hojas secas… durante todo el verano habían discutido la cuestión de cuándo y cómo decírselo, y lo fueron posponiendo hasta finales de agosto. Se habían movido a su alrededor en círculos que lo estrechaban aprensivamente, pero bastaba con que él levantara la cabeza para que su padre comenzara a golpear con fingido interés la esfera del barómetro, cuya manecilla siempre señalaba tormenta, en tanto su madre abandonaba sobre la tapa del piano el largo y abigarrado ramo de jacintos silvestres y se escabullía hacia las profundidades de la casa dejando abiertas todas las puertas.”

Garry Kasparov – Cómo la vida imita al ajedrez


“El secreto del éxito

Al ser una estrella del ajedrez juvenil en un país loco por el ajedrez como es la Unión Soviética, me acostumbré desde muy joven a las entrevistas y a hablar en público. Aparte de preguntas ocasionales sobre aficiones y chicas, aquellas primeras entrevistas se centraban exclusivamente en mi profesión de ajedrecista. En 1985 me proclamé campeón del mundo a la edad de veintidós años, y a partir de ese momento las preguntas que me hacían cambiaron radicalmente. En vez de interesarse por las partidas y los torneos, la gente quería saber cómo había conseguido aquel éxito sin precedentes. ¿Cómo había conseguido esforzarme tanto? ¿Cuántas jugadas planeaba de antemano? ¿En qué pensaba durante una partida? ¿Tenía memoria fotográfica? ¿Qué comía? ¿Qué hacía por las noches antes de acostarme? En resumen, ¿cuáles eran los secretos de mi éxito?
No tardé mucho en darme cuenta de que mis respuestas decepcionaban al público. Me había esforzado mucho porque mi madre me enseñó a hacerlo. Los movimientos que planeaba de antemano dependían de la posición. Durante una partida intentaba recordar los entrenamientos y calculaba las variables. Mi memoria era buena, pero no fotográfica. Solía hacer una comida abundante a base de salmón ahumado, bistec y agua tónica antes de cada partida. (Lamentablemente, por orden de mi preparador físico, aquella dieta se convirtió en un asunto del pasado.) Todas las noches antes de acostarme me cepillaba los dientes. Nada demasiado sugerente.”